La escalera de las Escolapias cobró vida: «Los peldaños del silencio» triunfa en su lectura teatralizada
El pasado fin de semana, la emblemática escalera monumental del antiguo Palacio del siglo XVIII fue mucho más que un escenario: fue personaje principal.
Hubo magia. Hubo suspense. Hubo madera crujiendo a propósito. Y sobre todo, hubo un público que, durante casi una hora, contuvo la respiración mientras tres hermanos desenterraban los secretos de una noche que cambió sus vidas para siempre.
«Los peldaños del silencio», obra escrita especialmente para este espacio único, se estrenó el pasado sábado 16 de mayo con una lectura teatralizada que llenó cada rincón de la escalera monumental de las Escolapias. Y cuando digo llenó, no me refiero solo a las butacas: el propio edificio pareció despertar, dispuesto a contar sus propios fantasmas.

Un proyecto con nombre propio
Detrás de esta historia hay una idea original de Miguel Ángel Simal. Autor, creador y alma de «Los peldaños del silencio», Miguel Ángel escribió el texto, concibió la puesta en escena, diseñó la estructura rotatoria de los tres actos y supo tejer un relato de suspense y terror psicológico que atrapó al público desde el primer crujido. Suya es la visión que ha convertido una antigua escalera del siglo XVIII en un personaje más de la función.
Pero todo proyecto necesita un escenario a la altura, y aquí es donde entra la generosidad de Rosa y Vicente, que cedieron el espacio para hacer posible esta experiencia. Gracias a ellos, la escalera monumental de las Escolapias abrió sus puertas para acoger una propuesta tan singular como el lugar mismo. Como siempre, es un placer compartir con personas que entienden la cultura como un puente y no como una frontera.
Si los cimientos son sólidos, las paredes las levantaron dos actrices que dejaron el alma en cada peldaño. Maribel Domínguez y Pilar Plaza no solo leyeron: habitaron. La primera, metiéndose en la piel de Clara, la hermana mayor racional que carga con la culpa de no haber visto lo que tenía delante. La segunda, encarnando a Sofía, la hermana mediana espiritual que guarda la verdad más dolorosa. Y aunque el texto estaba escrito, ellas le pusieron carne, temblor, mirada y silencio. Esos silencios que a veces dicen más que cualquier palabra. Miguel Ángel Simal, se puso en la piel de Marcos, el hermano escéptico que carga con el secreto más pesado. Su interpretación, contenida y honesta, supo transmitir la culpa de veinte años de silencio sin caer en el melodrama.

El público, cómplice necesario
Lo que hace especial a «Los peldaños del silencio» no es solo su estructura rotatoria —en la que cada acto un personaje narra desde abajo mientras los otros dos interrumpen desde las alturas—, sino la complicidad que exige del espectador. Porque el público no solo escucha: reconstruye. Junta las piezas. Decide en qué verdad quiere creer.
Y ese pacto, en la escalera de las Escolapias, se selló desde el primer crujido. Hubo momentos de tensión en los que no se oía una mosca. Hubo suspiros colectivos. Y hubo, al final, un aplauso que subió por los peldaños como si la propia casa quisiera agradecer el homenaje.

Un espacio que merecía esta historia
No es fácil encontrar un texto que esté a la altura de un lugar con tanta memoria. La escalera monumental de las Escolapias —antiguo palacio del siglo XVIII— ha visto pasar generaciones, susurros, llantos y alegrías. Pero quizás nunca había sido testigo de una historia que la convirtiera en personaje principal. Porque en esta obra, la escalera no es un mero decorado: es cómplice, es testigo, es verdugo y es salvación.
El público que se acercó hasta allí entendió que estaba viviendo algo único. No solo por la calidad interpretativa, sino por esa atmósfera que solo se consigue cuando el texto, los actores, el espacio y la dirección se alinean.
¿Qué viene ahora?
Por ahora, «Los peldaños del silencio» ha sido una lectura teatralizada. Pero lo vivido este fin de semana invita a soñar con más. Con una producción entera. Con más funciones. Con que la escalera siga crujiendo para contar esta y otras historias.
Mientras tanto, solo nos queda dar las gracias.
A Miguel Ángel Simal, por concebir, escribir y dirigir esta obra que ya forma parte del pequeño gran patrimonio teatral de Alcalá.
A Rosa y Vicente, por ceder el espacio y creer en proyectos que emocionan y que honran el patrimonio desde la cultura.
A Maribel Domínguez y Pilar Plaza, por regalarnos dos interpretaciones que aún resuenan en la madera.
Y al público, por llenar la escalera y compartir con nosotros este singular y misterioso proyecto.
Porque los secretos, cuando se cuentan bien, dejan de pesar. Y anoche, en las Escolapias, muchos secretos volaron libres.
ssc





